
Primero te intuí a nivel reptiliano; un puro instinto palpitando, una
amenaza de recuerdo. Abría los ojos a un espacio inédito y nada, ni
ojos, ni objetos, lograba ubicarme en lugar conocido. Mi escenario no
era más que una habitación vacía con goteros y olor a cloro, y yo un
cuerpo sin nombre y sin posibilidad para el miedo. Después un gesto
tuyo, quizá la manera de llevar tu mano a mi pierna o tu mirada
escrutadora, me despertó la cercanía de tu piel y un arrebato de
proximidad. La certeza del conocimiento y de los años compartidos se
sucedió tras tu grave susurro de "estaré contigo siempre". Pero cuando
las paredes blancas y las mujeres con bata se definieron como
elementos de hospital, entendí de pronto, con emergencia de sesgadas
imágenes, que la amenaza era tu mano, que mi nombre era miedo y que tú
traías solo años de violencia descarnada.
Foto: Grijel Rubio Palazón
