Orquídea

Cuando me vine a dar cuenta había matado todas y cada una de las plantas de mi hogar. Unas, luego lo comprendí, perecieron ahogadas de sí mismas. Otras fueron secándose al no recibir mirada alguna. Terminé por meterlas en una gran bolsa de basura con macetas incluidas.
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Pompas fúnebres

—¿Y dice usted que es vidente? —preguntó el encargado de pompas fúnebres.
—¿Qué cree que hago aquí si no?
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Letra a letra
Imagen: Germinal de Julio Reija
Música: Artie interpretando a Cole
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Beso

Y él me dijo:
Si pudiera besarte, lo haría subido a un verso; con ritmo, profundidad, rodeado de metáforas y salpicado de dobles sentidos. Porque si algún día alcanzo tu imagen real, el puente que une la ilusión y el misterio caería dejando rodar los endecasílabos del aire. Dejemos las metáforas rotas para el viento, yo prefiero mirarte desde un poema.
Desde entonces, yo sigo soñando sus labios. Está claro, los poetas nunca fueron amantes realistas.
B.S.: Kristen Diable
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Minutero
Minutero
Sostengo la brevedad de tu piel
como el anillo de culpa
que aprieta el alma los domingos.
Róbame, te pido, el silencio de las manos.
Fatiguemos juntos las rutinas.
Si te regalas, amor,
ahogaré relojes en tu cuerpo.
Sólo entonces
dejará el minutero de tartamudear tus horas.
Despidamos a las azafatas del olvido.
Derrotemos a la muerte cada día.
(De El suicidio de los relojes, Creajoven, 2005)
B.S.: Aspetta mi, Pink Martitni y Timing is crucial, Russian Red
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Roads

Roads
Un semáforo detuvo
a Portishead en la noche absoluta.
La ciudad era entonces una selva
de minutos kilométricos
y desde un coche fortuito
cayó la canción
que te recuerda a ti misma
y te acomoda el insomnio.
Por qué ciertas melodías
provocan el mismo naufragio
que reconocerse en un superocho
en forma de niña triste de cuatro años.
El semáforo suspende los compases
con la breve eternidad con que la muerte
te guiñaría el ojo en una fiesta de disfraces.
Después queda sólo el atisbo de la verdad
y un recuerdo de espejo roto en movimiento.
Las horas van diluyendo las comparaciones
y las fronteras de la realidad se acomodan con el día.
Nunca sabrás qué niña de cuatro años
conducía aquel coche,
ni tampoco qué máscara ocultaba su muerte.
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Blogomenaje

Rayuela
Cómo jugar a la rayuela con el suelo mojado
me pregunto
Cómo siquiera atar el blanco a la calzada
Las líneas de esta rayuela
que pueden llamarse búsqueda, viaje o muerte
se desdibujan en forma de espiral
llueven hacia arriba
hacen mojarse al cielo
Dime cómo encontrarme al final de esta escapada
La tiza se resbala casilla a casilla
desde todos mis infiernos a este cielo de París abuhardillado
Cómo vivir sin mancharse los zapatos
La duda:
esa única respuesta que da la vida.
(De Toma sostenida. Editora Regional, 2005)

Capítulo 7 de Rayuela
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La red
—Te quiero mucho —susurró ella.
—Como la trucha al trucho —bromeó él. Y con tono más serio añadió— De verdad te quiero. Te quiero a rabiar. Te quiero con un amor profundo, azul y marino. Te quiero con la profundidad del océano, la fuerza del oleaje y la transparencia del agua. Te quiero hasta el punto que si tú lo desearas dejaría de respirar.
—¿De verdad lo harías? —preguntó ella mientras una red irrevocable los arrastraba hacia la superficie.
B.S.: To leave it behind, The great lake swimmers y Crawled Out Of The Sea de Laura Marling
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El gran salto

—¿Y dices que lo contrataron por su élévation?
—Ningún bailarín hace el grande jeté como él.
—¿Por qué entonces se ha suspendido la gira?
—Estamos esperando a que aterrice de su último salto.
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Amor mortal

Alfredo Tierraseca afirmaba que la muerte lo venía persiguiendo desde hacía semanas como una amante celosa. Le costaba conciliar el sueño, pues atisbaba una sombra ladina en cada rincón de la noche. Poco a poco fue perdiendo el apetito y su rostro se convirtió en una pálida careta. Un día no volvió a la oficina. Dejó de llamar a los amigos. Se apartó de su familia. El acecho de la muerte era su único pensamiento. No tardó en comprender que sólo rindiéndose a su amor le dejaría descansar por fin en paz.
Foto: ohmagpie
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Copyright navideño

Felicitación navideña de Ekipo medios.
La foto es de Z., el diseño de A. y mío el texto que trascribo a continuación. Que sirva como una personal visión y felicitación de la Navidad.
¿Quién va a venir ya a recordarnos la primera nieve, las lentejuelas improvisadas, la bolsa de agua caliente? Caminamos sobre el frío y nada parece despertarnos al calor de los otros, ni el Gordo del Niño, ni los papá-noeles. Como un sortilegio de infancia o un espejo de luz puede abrirse la vida -o no- a esta felicidad abrupta con olor a Nenuco y castañas. Ya las estaciones se convierten en cometas y las miradas brillan con aliento de unicornios. Pero, ¿invadirá los días ese temblor de gominola, ese pudor del recuerdo que cubrimos con vendas y tarjetas de crédito? ¿Pasará otro año de largo el resplandor suspendido, la magia sin copyright que late sobre el invierno?
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Estaré contigo siempre

Primero te intuí a nivel reptiliano; un puro instinto palpitando, una
amenaza de recuerdo. Abría los ojos a un espacio inédito y nada, ni
ojos, ni objetos, lograba ubicarme en lugar conocido. Mi escenario no
era más que una habitación vacía con goteros y olor a cloro, y yo un
cuerpo sin nombre y sin posibilidad para el miedo. Después un gesto
tuyo, quizá la manera de llevar tu mano a mi pierna o tu mirada
escrutadora, me despertó la cercanía de tu piel y un arrebato de
proximidad. La certeza del conocimiento y de los años compartidos se
sucedió tras tu grave susurro de "estaré contigo siempre". Pero cuando
las paredes blancas y las mujeres con bata se definieron como
elementos de hospital, entendí de pronto, con emergencia de sesgadas
imágenes, que la amenaza era tu mano, que mi nombre era miedo y que tú
traías solo años de violencia descarnada.
Foto: Grijel Rubio Palazón
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Variacion sobre un personaje de DeLillo

Lo contaba todo. Y no hablamos de sinceridad, no, hablamos de enumerar, de cuantificar, de ponderar. Así caminaba yo por el mundo. Y así lo cifraba. Los días eran algo más que tiempo y espacio; los llenaba con pares de ojos, decenas de semáforos, docenas de personas, cientos de insectos, millares de nubes. Hacía mío el mundo enumerando sus elementos: pies, vagones, ruedas, lápices, bicicletas. Primero fueron las niñas de mi clase de párvulos: catorce en total, seis castañas, cuatro morenas, tres rubias y una indefinida que no pelirroja. Después los pasos de las cebras, cinco el de mi casa, diez el de la puerta del colegio. Los coches rojos del garaje, las motos blancas del centro, las camisetas amarillas del parque de atracciones. Después conté tangas en el instituto; en un simple martes conté once negros, tres rojos y cinco de colorines. Y gafas de pasta y zapatillas azules y jerseys de cuello vuelto. Los suspensos. Los semáforos en rojo. Después los errores de Windows, los peldaños del trabajo, los partes diarios y los finiquitos. Más tarde las sillas de ruedas, las embarazadas, los bastones y las muletas. Los perros que cojean, las gaviotas totalmente blancas, los billetes de metro en el suelo, los bizcos y las calabazas. Todo lo contaba. Todo. Hasta que un día te conté a ti y los números cayeron en espiral sobre tu par de ojos y el infinito se cifró sobre tu cuerpo. Tus dos manchas negras atravesando el iris derecho, tu oreja izquierda agujereada por tres veces, tus pecas incontables. Veinte sonrisas en una tarde, dos orgasmos por viernes, los lunares que variaban de número según la precisión de tu esteticien. Pero sobre todo tus pies. No por ser dos porque cualquiera los tiene, sino por sus dedos. Atrás quedaban los diez simplones dedos surgiendo de sandalias y chancletas. Ay, maravillosos e insólitos dedos que, rompiendo todos los moldes, aturdían al aburrido zapato con un sexto meñique izquierdo.
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