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El pájaro


Primero lo achaqué a la muda veraniega de plumaje, pero terminaba septiembre y las plumas negras seguían apareciendo en el patio. La explicación dejó de convencerme en octubre; en ningún otro verano habían aparecido plumas completamente negras y mucho menos con aquel tamaño. Pensé que quizá nuestros vecinos habrían adquirido una urraca doméstica, pero a través de discretas indagaciones me aseguré de que no tenían mascota alguna.

Nuevas plumas aparecen cada día salpicando de un luto volátil las losas de mi patio. He vuelto a fumar para tener una excusa y sorprender in fraganti al misterio plumado. Resultaban ya sospechosas las salidas frecuentes en pleno invierno y las macetas comenzaban a ahogarse de tanto regarlas. El mes pasado descubrí que también mi vecino se ha dado al tabaco. Lo veo agotar colillas mientras barre pétalos granates como un loco. Es extraño; no encuentro el motivo de la invasión floral, no es época de geranios y en el vecindario nadie tiene rosales en su jardín.



Foto: Inma Alcázar

Orquídea


Cuando me vine a dar cuenta había matado todas y cada una de las plantas de mi hogar. Unas, luego lo comprendí, perecieron ahogadas de sí mismas. Otras fueron secándose al no recibir mirada alguna. Terminé por meterlas en una gran bolsa de basura con macetas incluidas.


Hace cosa de un mes compré una orquídea, una preciosa orquídea blanca. La situé en una estantería visible desde cada punto de mi casa. No sé quién cuida de quién. Lo cierto es que ambas seguimos vivas todavía.



Música: Dance with me y In a manner of speaking de Nouvelle Vague (original de Tuxedomoon)
Imagen: Inma Alcázar (y algún mosquito que otro)

Pompas fúnebres


—¿Y dice usted que es vidente? —preguntó el encargado de pompas fúnebres.
—¿Qué cree que hago aquí si no?







imagen: ohmapgie
música: Maria Rita

Letra a letra


Leyeron mis ojos no hace demasiado tiempo un relato revelador, y quizá hasta profético, que me impactó como sólo lo pueden hacer las buenas historias. Narraba en "La gangrena del habla" Miguel Sánchez Robles cómo la humanidad iba olvidando una a una las palabras con las que nombramos el mundo. Mi escasa y selectiva memoria variará el orden, pero creo recordar que el primero en cerciorarse del extraño suceso era un atento y curioso poeta, después los noticiarios y por último, cómo no, los estudiosos y políticos. Olvidar palabras se considera algo poco transcendente en el discurrir cotidiano, pero eso que al principio parece una mera curiosidad para añadir al final del telediario (junto al robot que interpreta canciones de Peret y los bostezos de una foca albina) se acaba convirtiendo en una cuestión de estado. He de suponer que al final de la narración las palabras regresan a nuestras mentes y bocas, vigorizando así el valor que depositamos en ellas.


Tras la lectura de este relato me pregunté cuáles serían aquellas palabras que no querría olvidar nunca. Encontré que sin ciertos vocablos, instalados ya en mi rutina verbal, quedarían cojas muchas de mis frases. Con otras, olvidaría ciertas realidades que hubiera preferido no conocer nunca. Por fin, podría darse el caso de perder palabras que admiro por su mismo sonido o por su esbelta grafía. Hay palabras tan bellas que sin duda las enmarcaría a cuerpo 72 en una susurrante helvética. Recuerdo ahora que de niña jugaba a buscar palabras que llamaran mi atención para escribirlas una y otra vez hasta difuminar su sentido. Más de una vez atravesé con ellas mi entonces ingenua visión del infinito. Disculpad, por tanto, si alguna vez la imprecisión se apodera de alguna de esas palabras tan embaucadoras. Reconoced también que ellas mismas se lo fueron buscando. Faltaba más, las muy bellacas siempre se salen con la suya.





Imagen: Germinal de Julio Reija
Música: Artie interpretando a Cole

Beso


Y él me dijo:
Si pudiera besarte, lo haría subido a un verso; con ritmo, profundidad, rodeado de metáforas y salpicado de dobles sentidos. Porque si algún día alcanzo tu imagen real, el puente que une la ilusión y el misterio caería dejando rodar los endecasílabos del aire. Dejemos las metáforas rotas para el viento, yo prefiero mirarte desde un poema.

Desde entonces, yo sigo soñando sus labios. Está claro, los poetas nunca fueron amantes realistas.




B.S.: Kristen Diable

Minutero


Minutero

Sostengo la brevedad de tu piel
como el anillo de culpa
que aprieta el alma los domingos.

Róbame, te pido, el silencio de las manos.
Fatiguemos juntos las rutinas.

Si te regalas, amor,
ahogaré relojes en tu cuerpo.
Sólo entonces
dejará el minutero de tartamudear tus horas.
Despidamos a las azafatas del olvido.
Derrotemos a la muerte cada día.

(De El suicidio de los relojes, Creajoven, 2005)




B.S.: Aspetta mi, Pink Martitni y Timing is crucial, Russian Red

Roads



Roads

Un semáforo detuvo
a Portishead en la noche absoluta.
La ciudad era entonces una selva
de minutos kilométricos
y desde un coche fortuito
cayó la canción
que te recuerda a ti misma
y te acomoda el insomnio.

Por qué ciertas melodías
provocan el mismo naufragio
que reconocerse en un superocho
en forma de niña triste de cuatro años.

El semáforo suspende los compases
con la breve eternidad con que la muerte
te guiñaría el ojo en una fiesta de disfraces.

Después queda sólo el atisbo de la verdad
y un recuerdo de espejo roto en movimiento.
Las horas van diluyendo las comparaciones
y las fronteras de la realidad se acomodan con el día.

Nunca sabrás qué niña de cuatro años
conducía aquel coche,
ni tampoco qué máscara ocultaba su muerte.

Blogomenaje


Rayuela

Cómo jugar a la rayuela con el suelo mojado
me pregunto
Cómo siquiera atar el blanco a la calzada

Las líneas de esta rayuela
que pueden llamarse búsqueda, viaje o muerte
se desdibujan en forma de espiral
llueven hacia arriba
hacen mojarse al cielo

Dime cómo encontrarme al final de esta escapada

La tiza se resbala casilla a casilla
desde todos mis infiernos a este cielo de París abuhardillado

Cómo vivir sin mancharse los zapatos

La duda:
esa única respuesta que da la vida.



(De Toma sostenida. Editora Regional, 2005)





Capítulo 7 de Rayuela

La red

—Te quiero mucho —susurró ella.
—Como la trucha al trucho —bromeó él. Y con tono más serio añadió— De verdad te quiero. Te quiero a rabiar. Te quiero con un amor profundo, azul y marino. Te quiero con la profundidad del océano, la fuerza del oleaje y la transparencia del agua. Te quiero hasta el punto que si tú lo desearas dejaría de respirar.
—¿De verdad lo harías? —preguntó ella mientras una red irrevocable los arrastraba hacia la superficie.










B.S.: To leave it behind, The great lake swimmers y Crawled Out Of The Sea de Laura Marling

El gran salto


—¿Y dices que lo contrataron por su élévation?
—Ningún bailarín hace el grande jeté como él.
—¿Por qué entonces se ha suspendido la gira?
—Estamos esperando a que aterrice de su último salto.


Amor mortal


Alfredo Tierraseca afirmaba que la muerte lo venía persiguiendo desde hacía semanas como una amante celosa. Le costaba conciliar el sueño, pues atisbaba una sombra ladina en cada rincón de la noche. Poco a poco fue perdiendo el apetito y su rostro se convirtió en una pálida careta. Un día no volvió a la oficina. Dejó de llamar a los amigos. Se apartó de su familia. El acecho de la muerte era su único pensamiento. No tardó en comprender que sólo rindiéndose a su amor le dejaría descansar por fin en paz.




Foto: ohmagpie

Copyright navideño


Felicitación navideña de Ekipo medios.
La foto es de Z., el diseño de A. y mío el texto que trascribo a continuación. Que sirva como una personal visión y felicitación de la Navidad.


¿Quién va a venir ya a recordarnos la primera nieve, las lentejuelas improvisadas, la bolsa de agua caliente? Caminamos sobre el frío y nada parece despertarnos al calor de los otros, ni el Gordo del Niño, ni los papá-noeles. Como un sortilegio de infancia o un espejo de luz puede abrirse la vida -o no- a esta felicidad abrupta con olor a Nenuco y castañas. Ya las estaciones se convierten en cometas y las miradas brillan con aliento de unicornios. Pero, ¿invadirá los días ese temblor de gominola, ese pudor del recuerdo que cubrimos con vendas y tarjetas de crédito? ¿Pasará otro año de largo el resplandor suspendido, la magia sin copyright que late sobre el invierno?

Estaré contigo siempre


Primero te intuí a nivel reptiliano; un puro instinto palpitando, una
amenaza de recuerdo. Abría los ojos a un espacio inédito y nada, ni
ojos, ni objetos, lograba ubicarme en lugar conocido. Mi escenario no
era más que una habitación vacía con goteros y olor a cloro, y yo un
cuerpo sin nombre y sin posibilidad para el miedo. Después un gesto
tuyo, quizá la manera de llevar tu mano a mi pierna o tu mirada
escrutadora, me despertó la cercanía de tu piel y un arrebato de
proximidad. La certeza del conocimiento y de los años compartidos se
sucedió tras tu grave susurro de "estaré contigo siempre". Pero cuando
las paredes blancas y las mujeres con bata se definieron como
elementos de hospital, entendí de pronto, con emergencia de sesgadas
imágenes, que la amenaza era tu mano, que mi nombre era miedo y que tú
traías solo años de violencia descarnada.



Foto: Grijel Rubio Palazón

Variacion sobre un personaje de DeLillo


Lo contaba todo. Y no hablamos de sinceridad, no, hablamos de enumerar, de cuantificar, de ponderar. Así caminaba yo por el mundo. Y así lo cifraba. Los días eran algo más que tiempo y espacio; los llenaba con pares de ojos, decenas de semáforos, docenas de personas, cientos de insectos, millares de nubes. Hacía mío el mundo enumerando sus elementos: pies, vagones, ruedas, lápices, bicicletas. Primero fueron las niñas de mi clase de párvulos: catorce en total, seis castañas, cuatro morenas, tres rubias y una indefinida que no pelirroja. Después los pasos de las cebras, cinco el de mi casa, diez el de la puerta del colegio. Los coches rojos del garaje, las motos blancas del centro, las camisetas amarillas del parque de atracciones. Después conté tangas en el instituto; en un simple martes conté once negros, tres rojos y cinco de colorines. Y gafas de pasta y zapatillas azules y jerseys de cuello vuelto. Los suspensos. Los semáforos en rojo. Después los errores de Windows, los peldaños del trabajo, los partes diarios y los finiquitos. Más tarde las sillas de ruedas, las embarazadas, los bastones y las muletas. Los perros que cojean, las gaviotas totalmente blancas, los billetes de metro en el suelo, los bizcos y las calabazas. Todo lo contaba. Todo. Hasta que un día te conté a ti y los números cayeron en espiral sobre tu par de ojos y el infinito se cifró sobre tu cuerpo. Tus dos manchas negras atravesando el iris derecho, tu oreja izquierda agujereada por tres veces, tus pecas incontables. Veinte sonrisas en una tarde, dos orgasmos por viernes, los lunares que variaban de número según la precisión de tu esteticien. Pero sobre todo tus pies. No por ser dos porque cualquiera los tiene, sino por sus dedos. Atrás quedaban los diez simplones dedos surgiendo de sandalias y chancletas. Ay, maravillosos e insólitos dedos que, rompiendo todos los moldes, aturdían al aburrido zapato con un sexto meñique izquierdo.